Iluminados: Prólogo

Era temprano por la mañana y había neblina. Hacía frío. La niña andaba cautelosa por el camino de tierra de la mano de su padre. Aquel día cumplía cinco años, doce de noviembre. En casa le esperaba, después de comer, una fiesta con amigos del pueblo, tarta, música en directo de la banda country en la que su madre tocaba el piano y una sesión de su película Disney favorita: Blancanieves. Era aún pequeña, pero su padre pensó que ya podría empezar a acompañarle en sus incursiones, así que la llevó con él para enseñarle algo.

Su padre, Nicholas Koestler era, además de científico, activista medioambiental. Emigró de Alemania a Estados Unidos a una pronta edad, con una beca universitaria. Era biólogo y psicólogo, y había participado en diversos estudios en ambos campos. Si bien la mayoría de sus descubrimientos no habían sido del todo reconocidos por la comunidad científica, una decente cantidad de futuros profesionales leía sus trabajos y seguía sus pasos con atención. Su esposa, Ángela Lasa, nació en España y no tenía estudios universitarios. Aun así, se fue de casa de sus padres a los diecinueve años alistándose en un programa de voluntariado de la ONG Wide Union con el que viajaría a Níger, África, para enseñar inglés y cultura general a los niños. A partir de ahí, firmó con la organización y siguió viajando a núcleos subdesarrollados para ayudar en lo que pudiese. Al principio lo hacía a cambio de alimento y una cama, con el paso del tiempo adquirió reconocimiento como activista y comenzó a ganar dinero suficiente como para sustentarse y comprar un piso en Madrid. Ángela conoció al que se convertiría en su pareja para el resto de su vida en una expedición al Polo Norte, en la que estudiarían el derretimiento de los glaciares a causa del calentamiento global.

Koestler aceptó darle a su hija el nombre de su madre, aunque este quedaría reducido a aparecer tan solo en su documento de identidad, ya que pronto la llamarían Dakini, un apodo cariñoso que se le ocurrió a Ángela. Ángela no se sentía identificada con ninguna religión organizada, pero tenía un gusto especial por la filosofía budista y tibetana. En estas culturas se conoce a la Dakini como un tipo de deidad femenina, símbolo de la naturaleza y la energía.

─ Papá, ¿por qué estás triste? ─le preguntó a su padre mientras descendían por el sendero hasta la costa. Nicholas aún no le había dado ningún detalle a Dakini sobre a dónde iban ni qué había ocurrido, pero ella intuía que su padre estaba afectado por algo.

─ Porque ha ocurrido una cosa mala, pero no pasa nada, porque tú y yo vamos a ir a ayudar para que todo vuelva a estar bien.

Durante la noche, un barco petrolero había sufrido una fuga en el mar báltico, cerca de la isla de Kökar, en Finlandia, donde se encontraba la segunda casa de los Koestler. La usaban para concentrarse en sus estudios durante algún tiempo, y para descansar de la capital alemana, donde solían vivir. Ese año se fueron a tiempo para el cumpleaños de Dakini y tenían pensado pasar allí la navidad.

─ ¿Para qué son esos trajes tan raros que llevas en la mochila? ─volvió a preguntar a su padre.

─ Para ponérnoslos cuando lleguemos y evitar ensuciarnos.

A veces el padre de Dakini era reservado y no era muy bueno adaptando la realidad para explicársela a un niño pequeño. Podía tratar a su hija como una adulta en muchas ocasiones, pero aun así, como la niña era muy inteligente y empática, no tenían problemas para entenderse.

Antes de llegar a orillas del mar, encontraron algunas bolsas de agua sobre el paisaje pedregoso de la isla, así que Dakini pronto se sorprendería al descubrir cómo una misteriosa aura negra había llegado hasta las marismas, donde algunos peces o aves habitaban. Nicholas entabló contacto visual con un vecino, que estaba ya ayudando a los demás lugareños.

─ Buenos días angelito, ¡feliz cumpleaños! ¿ya sabes lo que te van a regalar? ─dijo el amigo de Nicholas mientras se quitaba el gorro y se agachaba hasta quedar a la altura de la niña.

─ Era un secreto pero… he visto las cajas, ya me sé el escondite secreto de mamá donde guarda los regalos ─musitó Dakini mientras miraba de reojo a su padre y se reía. Nicholas le alborotó el pelo como regañina.

─ (Jajajaja) Esta hija tuya es más lista que el hambre, cómo se nota que es tuya.

─ Vamos, no exageres… ─dijo humildemente su padre aun sabiendo que era verdad.

─ ¿Por qué está el agua negra? ─preguntó curiosa la niña.

─ Esta cosa negra ─dijo el vecino mostrando sus guantes completamente manchados─ es la carga que llevaba un barco, que tuvo un accidente y salió al mar. Es muy muy peligrosa, por eso hay que intentar limpiarla cuanto antes. Porque los peces y los pájaros se ponen malitos si se manchan.

Dakini asintió tímidamente y se fue con su padre a una esquina apartada para ponerse el traje blanco y los guantes. Recogieron después un cubo y una especie de escoba alargada y Nicholas le explicó a su hija que bajo ningún concepto podía tocar con sus manos ni mucho menos llevarse a la cara el líquido oscuro. Le explicó que debía sentirse bien por poder hacer esto en su cumpleaños, ya que era una forma de ayudar a los animales y eso era algo bello que le haría sentir bien, y le recordó que había que intentar mejorar el mundo un poco cada día.

Su padre no se separó de ella en ningún momento, la pequeña intentaba recoger el petróleo gota a gota y limpiaba con los guantes algunos peces muertos con los que días atrás jugaba por las tardes, tirándoles comida y observándoles nadar en aquellas charcas conectadas al océano en sus profundidades. Por supuesto el pequeño esfuerzo de la niña no iba a significar mucho dada la magnitud del vertido y su alcance; toda la costa oeste de la isla estaba afectada.

Pero su padre no la había traído ahí por eso, su objetivo era que empezara a entender a qué se dedicaban sus padres, y que a veces las personas hacen cosas que afectan de forma negativa al medio ambiente. Nicholas creía que estamos en deuda con nuestro entorno por ser el lugar que nos ha dado la vida, y teniendo en cuenta el daño ya causado por la especie humana, pensaba que tenemos encima una deuda casi imposible de pagar.

La niña miraba seria los peces inmóviles, pero en ningún momento salió de ella una mueca de dolor o lágrima, se limitaba a contemplar a sus antiguos amigos con curiosidad y extrañeza, sin saber por qué les habían envenenado.

Tras un par de horas, Nicholas cogió unos productos químicos y los repartió por el terreno, frotando con la escoba y la esponja. Le pidió a Dakini que se apartara para que no se intoxicara. Como la niña estaba ya cansada, le dijo a su padre que si podía regresar a casa. A Nicholas le hubiera gustado quedarse algo más, pero entendió que era tan solo una niña y que no podía obligarla a trabajar de esa manera el día de su cumpleaños. Ya había sido suficiente para que la niña viera lo que tenía que ver.

─ Vale, será mejor que volvamos ya, mamá estará preocupada ─Dijo llevándose la escoba a la mano derecha y frotándose la frente con la otra manga del traje.

─ ¡Nicholas! Oye, ven un momento a ver esto. ─Era Peter, el padre del mejor amigo de Dakini en la isla. Nicholas y Dakini formaban parte de su equipo, que se ocupaba de descontaminar la zona entre la iglesia y un pequeño acantilado al borde del mar.

─ Papá, ¿puedo ir a quitarme el traje ya?

El padre dubitó un segundo. ─ Está bien, pero ve con mucho cuidado y espérame donde dejamos las mochilas, ¿de acuerdo?

Nicholas acudió al lugar donde esperaba Peter, Dakini permaneció unos minutos observando. Peter le estaba señalando algo en el fondo de uno de los estanques, parecía preocupado.

La niña no le dio mayor importancia y se dio la vuelta para volver a la esquina donde habían aparcado sus cosas. Fue con cuidado de no resbalarse, mirando al suelo manchado. La imagen que se le venía a la mente era la del café solo que su madre solía prepararle a Nicholas cada mañana. A veces se subía a la silla de la cocina y lo miraba desde arriba antes de que su padre llegara y le hiciera bajar.

Llegó al punto de encuentro y se quitó aquella especie de chubasquero molesto. Lo metió en una bolsa de plástico y volvió a ponerse su abrigo. Se sentó con la espalda apoyada en la pared de piedra y esperó a su padre, pero este seguía entretenido discutiendo con Peter sobre un extraño objeto. Dakini se aburría con facilidad y, prediciendo que su padre iba a tardar, decidió dar una vuelta por los alrededores, que ya conocía de sobra. Solía pasar los viernes por allí con los demás niños. ─Qué rollo─ pensó al darse cuenta de que no podrían jugar por la zona durante un tiempo.

Decidió entrar en una cueva en la que jugaban al escondite, no era muy profunda ni demasiado oscura, así que no presentaba peligro alguno para ellos. Estaba cerca de la esquina donde dejaron la mochila. Caminó por la vía descendente con hierva grisácea a ambos lados. Se fue adentrando y comprobó que se respiraba un aire pesado. Puede que fuera por la humedad o por la mancha, ya que en el centro de la cueva había otro de los estanques que también había sido contaminado.

Dakini observó en silencio el cuadro apagado. La superficie del agua estaba negra igual que el de las otras charcas. Normalmente el interior de la cueva brillaba por la luz que se colaba entre las rendijas del techo abovedado y se reflejaba sobre el agua y los trozos de ámbar en el suelo. No quiso aproximarse mucho al borde del estanque, pero justo antes de dar marcha atrás para salir de la hondonada, divisó en el lado opuesto de la charca a un ave pintada de negro. No lograba distinguir qué especie era, pero parecía un pato. Se arrimó a la orilla, sin poder llegar al otro lado ya que el agua cortaba el paso. Se agachó, apoyándose con las manos en unas piedras y observó triste cómo el animal aún movía sus alas despacio, y emitía un rugido que sonaba a llanto. Seguía vivo. Le dio vueltas a la cabeza pensando en si habría alguna forma de ayudarlo, pero su brazo no era lo suficientemente largo como para rescatar al animal, y además ya no llevaba los guantes.

La niña se resignó y volvió a erguirse sobre sus pies. Se dio la vuelta. Frenó en seco. Había un perro en frente suya, bloqueando la salida de la cueva. No le había escuchado llegar. El perro la miraba agresivo, y empezó a gruñir, mostrando su intención de atacar en cualquier momento. A Dakini le encantaban los animales, cada mañana se levantaba de la cama cantando esperando que por la ventana acudieran unos pájaros a ayudarle a vestirse como a Blancanieves. Tenían dos perros en su casa de Berlín y la niña les mandaba pese a ser el doble de grandes que ella. Pero aquel que había aparecido de la nada delante suya no era como sus mascotas. Parecía salvaje. Dakini vio que tenía las patas cubiertas de petróleo, y la cara también algo manchada. El chucho ladró furioso, y la niña no entendía por qué. Respiró hondo y decidió dar un paso al frente, su plan era avanzar como si nada hasta la salida ignorando al animal y empezar a correr si fuera necesario.

Pero en cuanto la niña movió el pie, el perro corrió hacia ella, dispuesto a abalanzarse. En ese momento a Dakini le venció el miedo y, al echarse instintivamente hacia atrás, resbaló y cayó de espaldas en el estanque soltando un grito ahogado. Lo último que vio antes de que todo se fundiese a negro fue el perro volando hacia ella con intención de morderla. Cuando quedó sumergida por completo cerró los ojos e intentó no respirar. El estanque no era demasiado profundo, pero la gruesa ropa de invierno y las botas que llevaba la hundieron. La niña entró en pánico al ver cómo intentaba regresar a la superficie con todas sus fuerzas pero no podía, su abrigo pesaba demasiado bajo el agua. Estaba tan aterrorizada que no conseguía desatar los botones de la chaqueta. Paró de moverse por un segundo y continuó bajando. Ya no le quedaba aire.

Una última burbuja de aire salió de su boca y ascendió suavemente. Abrió los ojos a la mitad, aunque había intentado no hacerlo por el petróleo. Dakini iba a desaparecer bajo el manto oscuro.

El agua helada había congelado a la niña, como una anestesia o un tóxico paralizante.

Su cerebro se quedó sin oxígeno.

Fundido a negro.

Pero Dakini se descubrió de pronto flotando en medio de la cueva. Y voló hacia fuera, como guiada inconscientemente. Podía escuchar a su padre gritar su nombre y correr hacia la hondonada. Dakini sintió el mar, sintió la agonía del pez manchado que estuvo acariciando un rato antes para intentar tranquilizarlo. Revivió la excitación de ver los regalos envueltos en un armario. Flotó dando vueltas alrededor de ella misma sobre la isla, fundiéndose con la arena, con los árboles. Volvió en sí por un segundo pero no tardó en desfallecer de nuevo, viendo cómo se estaba ahogando en el café de su padre; sintió calor. Luego frío. Una enorme excitación producto de toneladas de cafeína. Miró al cielo y al bajar la mirada aún lo veía, estaba rodeada de estrellas en la noche. Su cuerpo no respiraba pero la felicidad que la invadió al abrazar a un haz de luz que se cruzó en su camino fue como la de inhalar oxígeno una vez más. Las imágenes a su alrededor eran difusas, como en un cuadro, que al acercarse a él se tornan visibles las imperfecciones del pincel, los poros del lienzo…

La burbuja llegó al exterior, y al explotar como una pompa de jabón en medio del estanque, una fuerza sobrenatural barrió el manto negro de dentro hacia fuera. El estallido de la burbuja limpió la oscuridad y una corriente de agua caliente emanó de las profundidades, como un volcán en erupción, que dio a la niña tal inercia que la hizo saltar en el aire y volver a caer en el agua, formando una ola que revotaría en cada pared y se llevaría por delante al ave moribunda, arrancándole la pintura venenosa del cuerpo.  Con el violento impulso la niña respiró de nuevo, tosió y escupió parte del veneno. Consiguió agarrarse a un pedrusco e intentó levantarse. No habría conseguido superar el peso del abrigo inundado de no ser por la mano de su padre que le agarró el brazo con fuerza y de un tirón la sacó del agua.

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