Yo soy Lady Bird

Ganadora de dos Globos de Oro a mejor película de comedia o musical y mejor actriz y nominada a cinco Oscars, la película famosa por batir un récord en la web de reviews cinematográficas Rotten Tomatoes (alcanzó una puntuación del 100%, hasta que alguien le dio manita abajo, y ahora tiene un 99%), es el debut en solitario de la directora ex-actriz estadounidense Greta Gerwig. Nos trae una película semibiográfica, lo que me recuerda forzosamente al otro gran debut autobiográfico de 2017: el de Carla Simón con Verano 1993. Si bien la película de Gerwig no es tan fiel al pasado de la directora como el de Simón, ambas son películas de corte familiar que narran una importante transición en el personaje principal, ya sea una niña de 6 años en Verano 1993 o una joven de 17 años en Lady Bird.

Lady Bird me recuerda a mí. ¿Por qué es eso importante? Porque seguramente también te recuerde a ti. Cierto es que la cinta trata el paso de la adolescencia a la madurez, un tema ya plasmado en miles de películas, y que caen sobre Saoirse Ronan muchos tópicos como el de la loser que abandona a sus amigos de verdad para juntarse con los populares, que rechista de su madre diga lo que diga, que se avergüenza de sus padres… Sin embargo, Greta coge aquí una historia ya contada y la convierte con su particular enfoque en algo nuevo.

Christine (Saoirse Ronan) y su madre (Laurie Metcalf), la película gira en torno a su relación.

Greta trata una historia de amor, del amor entre madre e hija, que deberán encontrar la manera de entenderse, pero no de quererse, porque eso ya lo hacen.

La familia de Christine (apodada a sí misma como Lady Bird), es económicamente humilde, y las irreales expectativas de la joven por irse fuera a estudiar o perseguir una carrera artística no son del todo compatibles con el plan que su madre puede ofrecerle.

Christine quiere escapar de su instituto religioso, de su decepcionante familia y de ella misma. ¿Y si esta ya es la mejor versión de mí misma? Le dice a su madre mientras se prueba un vestido, mostrando su preocupación por no ser capaz de superarse a sí misma. Y es que piensa que solo por ir a una universidad de prestigio, por ser más popular o por perder la virginidad rápidamente va de alguna manera a convertirla en alguien mejor, pero no es así.

El propio nombre artístico que ella misma adopta, Lady Bird, no es más que una manera de diferenciarse de la chica nacida en el lado equivocado de las vías (metáfora con la que Christine explica que vive en el barrio pobre). Es una crisis de identidad por la que todos pasamos. Lady Bird es inconformista, ambiciosa: participa en el musical del instituto pero cree que el rol secundario que le conceden a ella y a su amiga no es más que una triste forma de conseguir que todos puedan tener un papel, aunque no tengan talento. O todo o nada, así que acaba por abandonar las clases de teatro para codearse con los guays. Sin embargo, ellos tampoco tienen la solución.

La relación madre – hija es una relación de amor – odio. No importa cuánto discutan, Christine no solo quiere con locura a su madre sino que se parece a ella mucho más de lo que se piensa. Tal y como le dice su padre, ambas tienen personalidades muy fuertes. Su madre se siente impotente al no saber cómo poder ayudar a su hija, y su hija se siente atrapada cuando cree que su familia no puede regalarle la vida de sus sueños.

Lady Bird es una buena película porque te enseña que muchas veces, creemos estar buscando algo que cumplirá nuestras expectativas o sueños cuando en realidad solo estamos huyendo de nosotros mismos. Una enseñanza que a mí ya me dio mi padre. Es ridículo lo mucho que me identifico con su protagonista por mis propios deseos de salir de casa de mis padres lo antes posible, y mis intentos por cambiarme de nombre (durante mucho tiempo hice que me llamaran Albert en lugar de Alberto y muchas otras variantes para escapar de mis raíces). ¿Y quién no ha deseado una vida diferente? ¿Quién no ha deseado no tener que vivir con sus padres nunca más?

Es recalcable el detalle que se puso en la figura paterna de Christine, un viejo programador incapaz de hacer frente a la oleada de jóvenes con más conocimientos que él que le dejan sin trabajo. De hecho, el propio hermano mayor de Christine acaba consiguiendo el mismo puesto para el que su padre se entrevistó minutos antes. Esta incapacidad crea en su padre un sentimiento de fracaso que le conduce a la depresión. Cuando en una discusión su madre le echa en cara que pida a su padre que detenga el coche mucho antes de llegar al instituto para que nadie la vea, la hace sentir mal y la protagonista pide inmediatamente perdón a su padre, que mantiene una actitud pasiva. Ya llegaría más tarde el momento de entender que ese rechazo a su familia es una actitud infantil. Hay un debate interesante en el concepto de triunfo o fracaso que lanza la película. Lady Bird busca para ella un futuro mejor, pero, ¿es vivir en la enorme casa azul del barrio significado de triunfo?

En las escenas finales, cuando Christine consigue mudarse a Nueva York para asistir a la universidad, ya no se presenta ante el resto como Lady Bird, recupera su verdadero nombre. Además, la vemos emborracharse y acabar en el hospital. Sigue siendo ella, es una tontería ocultarlo. No se han ido sus defectos ni sus virtudes, y sobretodo, persiste el amor que siente por su tierra natal, Sacramento, un pequeño pueblo de California. Con una emotiva escena final en la que Christine llama a su madre, extrañándola, vemos cómo la hora y media de película conforma una carta de amor que la directora escribe a su hogar, que persigue en el corazón de uno por muy lejos que vaya.

Habrá que estar atento para ver si el film consigue arañar algo en los Oscars.

 

 

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