Anxiety

Pisos compartidos y ansiedad

Tener que mudarte a un piso compartido con desconocidos teniendo ansiedad, o peor aún, ansiedad social, puede ser un auténtico reto. En mi caso, he estado rozando síntomas de ansiedad común durante los últimos años y conozco bien cómo influyen a la hora de desenvolverte en un piso.

<<si uno no tiene cuidado puede quedarse hecho una bola en el cuarto, con los cascos puestos, viendo Netflix en el portátil cubierto de mantas en la cama. Convertido en patata, atosigado y superado por los estímulos exteriores>>

La construcción de relaciones

La situación será por supuesto diferente para aquellos que tienen la suerte de mudarse a un piso con personas conocidas o amigos, pero para los que se van a la aventura con gente que no conocían de antemano, los primeros días pueden llegar a ser un auténtico calvario.

Debes comenzar una relación con esos desconocidos, cayendo sobre ti toda la presión que conlleva el hecho de que se debe conseguir, de la forma que sea, una buen ambiente de compañerismo y a poder ser de amistad, ya que seguramente vayas a compartir muchas horas del día con ellos, a no ser que apenas pases por el piso más que para dormir. Para el que ya es tímido a la hora de conocer gente nueva, este primer paso tiene una dificultad extra. Debes abrirte a tus nuevos compañeros, ¿pero cuánto? ¿no pensarán que soy raro si saben tal cosa sobre mí? ¿qué pasa si no tengo nada en común con ellos?

Encuentro especialmente incómodo el tema de los hábitos o manías. Todos tenemos nuestra forma de hacer las cosas, y el estar rodeado de otras personas en el lugar donde vives, es decir, en el sitio en el que se supone que debes poder liberarte de todo el estrés del día y ser tu mismo, puede suponer un problema cuando necesitamos ser nosotros mismos. Puede que te gusten las duchas largas y solo haya un baño en la casa, por lo que no puedes permitirte estar demasiado rato ya que los demás también necesitarán usar el baño. Puede que cortes la verdura de una forma un poco rara cuando cocinas, y que te observen mientras lo haces te resulte incómodo. Puede que te guste ver Gran Hermano en la tele y te de vergüenza ponerlo por miedo a lo que puedan pensar de ti. Puede que te guste hacer el saludo al sol por las mañanas en la terraza (si tienes la suerte de tener terraza) y dejes de hacerlo para que no te miren raro. Tampoco es necesario pensar en cosas raras. La simple acción de comer en compañía ya puede ser agoniosa para alguien tímido. Muchas veces a uno le apetece comer solo, viendo lo que a uno le gusta en Netflix o simplemente sin ser incordiado por otros ruidos o la presencia de esos entes que pululan por tu casa. La reconciliación de nuestros hábitos con la estabilidad de un ecosistema compartido es realmente dura, ya que seguramente tendremos que ceder en algo, y a algunas personas se les da mejor adaptarse que a otras. También resulta incómodo cuando sin querer, molestamos nosotros a nuestros compañeros por algo que hacemos. Recuerdo con claridad una anécdota propia:

Estaba en mi habitación con una amiga, hablando sobre cualquier cosa justo después de haber vuelto yo del baño. Había realizado una expulsión de deshechos fecales. Que había cagado, vaya. A todo esto, de pronto escuchamos unos toques en la puerta de mi cuarto. Abro y veo a mi compañero, que intentando sonar suave pero sin conseguirlo mucho, me suelta: Eh… Oye Alberto, que era para comentarte una cosa. A ver si sería posible que cuando usaras el baño encendieras un rato el extractor de olores… Porque es que huele un poco mal, ¿sabes? A lo que le contesté con cara de póker: Ah, sí, claro, es verdad, no te preocupes que lo encenderé un rato, perdona…

Sin mayor historia mi compañero se fue, yo cerré la puerta, me giré y vi a mi amiga tirada en la cama meada de la risa. Claro, no era para menos. Este tipo de cosas, que por supuesto carecen de importancia y se quedan en anécdotas graciosas, pueden ser algo más graves para las personas con ansiedad, que después de escuchar algo así probablemente no vuelvan a sentirse cómodas usando el servicio en un largo tiempo.

Estar en compañía… Siempre.

El peor punto de compartir piso es, en mi opinión, el hecho de tener poco espacio personal, y poco tiempo a solas. Después de una dura jornada de universidad o trabajo, a todos nos gustaría llegar a casa, quitarnos la mitad de la ropa, poner música alta y ponernos a cocinar bailando. Lo que sea que haga uno cuando se siente a salvo y a solas. Cuando uno comparte piso rara vez puede permitirse estos lujos. Lujos que pasan a ser casi NECESIDADES para personas con ansiedad que además sean introvertidas.

<<Aguantarte horas y horas las ganas de ir al baño porque no quieres cruzarte con nadie. Quedarse sin el vaso de agua que tanto te pide el cuerpo porque hay gente en la cocina>>

Uno debe aprender a vivir con estas nuevas condiciones. También es por este motivo por lo que es tan importante construir buenas relaciones, porque de ello dependerá hasta qué punto uno se siente cómodo y con soltura a la hora de ser uno mismo en el piso.

Al final esta dificultad se traduce, como en mi caso, a odiar usar la cocina o el salón mientras tus compañeros lo están usando. Esto puede ocurrir aunque te tengas muy buena relación, pero aún más si no te llevas mucho con ellos. He de decir que por suerte, en mi caso nunca me he llevado mal con mis compañeros, así que no he sufrido situaciones extremas como esta, pero sí que me ha pasado un millón de veces, y me sigue ocurriendo, que a veces no tengo ganas de salir porque no tengo ganas de estar rodeado de gente. Aguantarte horas y horas las ganas de ir al baño porque no quieres cruzarte con nadie. Quedarse sin el vaso de agua que tanto te pide el cuerpo porque hay gente en la cocina. El pavor a recoger el cargador del móvil que te has dejado en el salón cuando tus compañeros se han traído a amigos y el salón parece la sala de espera de un hospital público. Sentir confusión al no saber si deberías gastar tiempo en saludar a los amigos de tus compañeros, con los que te vas a cruzar de camino a la cocina pero hacia los que no sientes ningún tipo de interés… Y encima si esto ocurre en días en los que andas desaliñado, cuando te ves con la cara fea y lo último que quieres es que te vea nadie… Y claro, piensas en arreglarte un poco para poder salir de tu habitación. Tener que invertir tiempo en esto en tu propia casa, donde lo último que tendrías que estar haciendo es preocuparte por lo que otros piensen, que para algo es el sitio en el que se supone que uno puede descansar precisamente de eso… Es irritante, sin duda.

Para un introvertido, que carga sus baterías a solar y no en compañía, uno podría pensar que bastaría con encerrarse en la habitación. Pero esto tampoco soluciona el problema totalmente ni mucho menos, porque en cualquier momento tendremos que salir de la habitación para hacer cualquier cosa como las que comentaba antes, y porque además, está el ruido. Lo normal es que desde tu cuarto, a no ser de que tengas la suerte de contar con paredes de verdad y no de papel, se escuchen aún las voces de tus compañeros, el ruido de la televisión, o el sonido de la campana extractora mientras alguien se cocina un filete. El silencio es un bien esencial que todos necesitamos para aclararnos la cabeza, y que por desgracia, podemos disfrutar tan solo unas cuantas horas por la noche (siempre que nuestros compañeros no usen el piso para hacer prefiestas). Al final, si uno no tiene cuidado puede quedarse echo una bola en el cuarto, con los cascos puestos, viendo Netflix en el portátil cubierto de mantas en la cama. Convertido en patata, atosigado y superado por los estímulos exteriores. Al día siguiente, te despiertas en la misma posición, sin ganas si quiera de salir del cuarto y haciendo scroll en YouTube, hasta que te encuentras con un documental sobre el fenómeno hikikomori en Japón y se te abren los ojos de par en paz diciendo: Dios mío, ¡en qué me he convertido!

Obviamente esto es una dramatización, es normal que uno se acabe tomando tiempo para uno mismo de estas formas, sobretodo los fines de semana, cuando en más de una ocasión hagamos un internamiento de uno o dos días para descansar. Pero es cierto que nuestro comportamiento nunca será el mismo que el que tendríamos si viviéramos solos.

Pues estos son mis pensamientos acerca de lo que supone compartir piso mientras sufrimos de ansiedad. ¡Cuéntame tu experiencia en caso de que estés viviendo situaciones similares o las hayas vivido!

Un comentario en “Pisos compartidos y ansiedad

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