PODCAST: Novedades, Rankings y Videojuegos

En el sexto programa de Filmaniacos, además de contaros las novedades en cartelera compartimos varios ránkings de cine. Mejores adaptaciones de libro a película, películas sobre deporte, sobre moda, y basadas en franquicias de videojuegos. No te pierdas a los mejores comentaristas de cine de la historia en otra entrega del programa cargada de humor.

Programa del 14/03/2018

PODCAST: REPASO A LOS GOYA 2018

Comienza la segunda edición de ‘Filmaniacos’, un programa de radio sobre cine realizado por varios alumnos de Periodismo de la Universidad Rey Juan Carlos entre los que me encuentro yo.

Repasamos los ganadores de la 32ª edición de Los Goya, os contamos cuáles son los próximos estrenos, debatimos sobre feminismo y jugamos a adivinar el personaje. Puedes escucharlo aquí:

Programa del 7/02/18

 

 

 

Reseña de Call Me By Your Name

Como si te retaran a desearles.

La cinta de Luca Guadagnino nominada a tres Globos de Oro y tres Oscars, es un must no solo para la comunidad LGTB, sino para cualquiera que aprecie la intelectualidad, el romance sin color rosa y el acento italiano.

El actor que interpreta a nuestro protagonista de 17 años, Elio, es Timothée Chalamet, un joven de 22 años que este año le ha pegado un buen bocado a Hollywood apareciendo en, además de esta, la también nominada a los Oscars Lady Bird, de la que hablamos ayer.

Call Me By Your Name no es una película gay, ni una película sobre gays. Es una película sobre la sensualidad. Una sensualidad y una belleza universal, que toda persona debería ser capaz de apreciar, tal y como los amantes del arte admiran estatuas griegas como las que aparecen a lo largo de la cinta y le aportan un aesthetic culto y refinado.

Elio, hijo de una familia políglota que habla en francés, italiano e inglés casi aleatoriamente según el momento, se enamora de Oliver, un estudiante de postgrado que pasa el verano en su casa para ayudar al padre de Elio en una investigación. El precioso escenario veraniego de campos verdes y riachuelos, el irresistible acento de los protagonistas, el carácter efusivo y cariñoso que tiene la familia entre sí y con su invitado (no sé si será un tópico o si es cierto que los italianos son así), la riqueza cultural que habita la casa (el padre de Elio es un erudito rodeado de libros, su hijo toca el piano, transcribe música…) son todos ellos elementos sensuales, placenteros, que unidos al buen ver de los dos enamorados, nos pegan a la pantalla y nos hacen sentir lo mismo que cuando comemos chocolate o nos besamos con quien nos gusta. Imagino que ver la película es como beber un buen vino para los que saben diferenciar el buen vino, y digo imagino porque yo aun no bebo de eso.

Para empezar, ninguno de los dos es realmente gay, o no se especifica. Elio mantiene una relación con una chica casi todo el metraje (y disfruta con ella), y llegando al final conocemos que Oliver va a casarse (suponemos que con una mujer). Con lo cual, lo que ocurre entre los dos en ese verano de 1983 es experimentación, exploración, un estudio, como el que está llevando a cabo el padre de Elio sobre esas esculturas griegas, que en sus propias palabras, te incitan a mirarlas. El adolescente se deja llevar y en cuanto se sincera con Oliver, no tiene ningún miedo a exigirle atención, sin ninguna timidez, tan solo preocupándose de no ser pillado in fraganti por alguien, y en ocasiones ni siquiera le importa tanto mantener la discreción.

Tal vez por ser más joven, o por entregarle todo de sí mismo a Oliver, Elio acaba sufriendo muchísimo cuando el veinteañero tiene que irse, suponemos que más que él, que sigue con su vida. Posiblemente ambos pasaran por lo mismo, pero se nos queda la idea de que el que acaba con el corazón roto es Elio porque a Oliver le dejamos de ver en pantalla después de irse. La compleja relación que se forma entre ellos la entendemos cuando Elio se sincera al lado de su padre: creo que él era mejor que yo. Es una mezcla de admiración, idolatría, confianza… Pero Oliver tampoco se olvida de Elio, lo podemos ver, o mejor dicho escuchar cuando tiempo después Oliver llama a la familia para darles la noticia de que está comprometido. Elio vuelve a hacer el juego de llamarle por su nombre, y Oliver le corresponde, diciéndole que sigue recordando hasta el más mínimo detalle de lo que vivieron juntos.

Los actores se pasan la mayoría del tiempo en shorts, sin camiseta, lo que puede agradar al espectador dado el buen físico de Timothée Chalamet y Armie Hammer. Pero el punto está en que mientras se pasean por el caserío semi desnudos, Oliver le comenta a Elio detalles filosóficos sobre un libro que está leyendo, o Elio toca la guitarra… Quiero decir, no solo los protagonistas nos gustan y se gustan entre ellos porque son guapos sino porque tienen profundidad, cosas que decir (aunque tampoco intercambien demasiadas palabras). Por eso hay belleza física y mental.

Para terminar, debo tratar la charla que tienen Elio y su padre ya terminando la película. Resulta que, de alguna manera, su padre ha descubierto o intuido que la relación que se formó entre ellos y que fue algo distante al principio, acabó siendo algo mas que una simple amistad. Elio no le contradice cuando su padre da por hecho que han mantenido una relación, y él nos regala uno de las mejores discursos de aceptación y respeto que a un padre se le podría ocurrir para demostrarle a un hijo su apoyo. No solo deja claro que respeta lo que ha ocurrido entre su ayudante y su hijo, sino que le confiesa sentir admiración por la valentía que conlleva haber entrado en ese terreno desconocido. Que envidia el premio que se ha llevado Elio, una grata experiencia, que solo puede aportarle conocimiento y placer, que no tiene nada de malo. Con suma delicadeza, le pide a su hijo no cerrarse al amor solo porque esta intensa experiencia haya podido dejar estragos en él.

La escena final, un plano fijo que dura lo que tardan los créditos finales en cruzar la pantalla, te ata y no te permite mover la mirada de las lágrimas de Elio. Con una banda sonora perfecta, termina una película perfecta.

Yo soy Lady Bird

Ganadora de dos Globos de Oro a mejor película de comedia o musical y mejor actriz y nominada a cinco Oscars, la película famosa por batir un récord en la web de reviews cinematográficas Rotten Tomatoes (alcanzó una puntuación del 100%, hasta que alguien le dio manita abajo, y ahora tiene un 99%), es el debut en solitario de la directora ex-actriz estadounidense Greta Gerwig. Nos trae una película semibiográfica, lo que me recuerda forzosamente al otro gran debut autobiográfico de 2017: el de Carla Simón con Verano 1993. Si bien la película de Gerwig no es tan fiel al pasado de la directora como el de Simón, ambas son películas de corte familiar que narran una importante transición en el personaje principal, ya sea una niña de 6 años en Verano 1993 o una joven de 17 años en Lady Bird.

Lady Bird me recuerda a mí. ¿Por qué es eso importante? Porque seguramente también te recuerde a ti. Cierto es que la cinta trata el paso de la adolescencia a la madurez, un tema ya plasmado en miles de películas, y que caen sobre Saoirse Ronan muchos tópicos como el de la loser que abandona a sus amigos de verdad para juntarse con los populares, que rechista de su madre diga lo que diga, que se avergüenza de sus padres… Sin embargo, Greta coge aquí una historia ya contada y la convierte con su particular enfoque en algo nuevo.

Christine (Saoirse Ronan) y su madre (Laurie Metcalf), la película gira en torno a su relación.

Greta trata una historia de amor, del amor entre madre e hija, que deberán encontrar la manera de entenderse, pero no de quererse, porque eso ya lo hacen.

La familia de Christine (apodada a sí misma como Lady Bird), es económicamente humilde, y las irreales expectativas de la joven por irse fuera a estudiar o perseguir una carrera artística no son del todo compatibles con el plan que su madre puede ofrecerle.

Christine quiere escapar de su instituto religioso, de su decepcionante familia y de ella misma. ¿Y si esta ya es la mejor versión de mí misma? Le dice a su madre mientras se prueba un vestido, mostrando su preocupación por no ser capaz de superarse a sí misma. Y es que piensa que solo por ir a una universidad de prestigio, por ser más popular o por perder la virginidad rápidamente va de alguna manera a convertirla en alguien mejor, pero no es así.

El propio nombre artístico que ella misma adopta, Lady Bird, no es más que una manera de diferenciarse de la chica nacida en el lado equivocado de las vías (metáfora con la que Christine explica que vive en el barrio pobre). Es una crisis de identidad por la que todos pasamos. Lady Bird es inconformista, ambiciosa: participa en el musical del instituto pero cree que el rol secundario que le conceden a ella y a su amiga no es más que una triste forma de conseguir que todos puedan tener un papel, aunque no tengan talento. O todo o nada, así que acaba por abandonar las clases de teatro para codearse con los guays. Sin embargo, ellos tampoco tienen la solución.

La relación madre – hija es una relación de amor – odio. No importa cuánto discutan, Christine no solo quiere con locura a su madre sino que se parece a ella mucho más de lo que se piensa. Tal y como le dice su padre, ambas tienen personalidades muy fuertes. Su madre se siente impotente al no saber cómo poder ayudar a su hija, y su hija se siente atrapada cuando cree que su familia no puede regalarle la vida de sus sueños.

Lady Bird es una buena película porque te enseña que muchas veces, creemos estar buscando algo que cumplirá nuestras expectativas o sueños cuando en realidad solo estamos huyendo de nosotros mismos. Una enseñanza que a mí ya me dio mi padre. Es ridículo lo mucho que me identifico con su protagonista por mis propios deseos de salir de casa de mis padres lo antes posible, y mis intentos por cambiarme de nombre (durante mucho tiempo hice que me llamaran Albert en lugar de Alberto y muchas otras variantes para escapar de mis raíces). ¿Y quién no ha deseado una vida diferente? ¿Quién no ha deseado no tener que vivir con sus padres nunca más?

Es recalcable el detalle que se puso en la figura paterna de Christine, un viejo programador incapaz de hacer frente a la oleada de jóvenes con más conocimientos que él que le dejan sin trabajo. De hecho, el propio hermano mayor de Christine acaba consiguiendo el mismo puesto para el que su padre se entrevistó minutos antes. Esta incapacidad crea en su padre un sentimiento de fracaso que le conduce a la depresión. Cuando en una discusión su madre le echa en cara que pida a su padre que detenga el coche mucho antes de llegar al instituto para que nadie la vea, la hace sentir mal y la protagonista pide inmediatamente perdón a su padre, que mantiene una actitud pasiva. Ya llegaría más tarde el momento de entender que ese rechazo a su familia es una actitud infantil. Hay un debate interesante en el concepto de triunfo o fracaso que lanza la película. Lady Bird busca para ella un futuro mejor, pero, ¿es vivir en la enorme casa azul del barrio significado de triunfo?

En las escenas finales, cuando Christine consigue mudarse a Nueva York para asistir a la universidad, ya no se presenta ante el resto como Lady Bird, recupera su verdadero nombre. Además, la vemos emborracharse y acabar en el hospital. Sigue siendo ella, es una tontería ocultarlo. No se han ido sus defectos ni sus virtudes, y sobretodo, persiste el amor que siente por su tierra natal, Sacramento, un pequeño pueblo de California. Con una emotiva escena final en la que Christine llama a su madre, extrañándola, vemos cómo la hora y media de película conforma una carta de amor que la directora escribe a su hogar, que persigue en el corazón de uno por muy lejos que vaya.

Habrá que estar atento para ver si el film consigue arañar algo en los Oscars.