Analizando el bombazo de Élite

Producir una serie con unas referencias tan claras, declarando desde el principio su intención de copiar unos modelos conocidos por todo el mundo como Riverdale o Gossip Girl y pretender hacerlos suyos, tiene muchos riesgos. De haberse hecho mal, Élite habría acabado siendo un refrito enlatado más que solo habría enganchado al público más joven. Sin embargo, a Carlos Montero y Darío Madrona les ha salido redondo.

Élite merece su lugar propio en el podio de mejores series adolescentes de la actualidad, ha demostrado no ser la copia de ninguna otra sino una correcta y digna versión española. Desde luego parece que España se está haciendo un nombre en el mercado mundial gracias a las otras joyas ibéricas de Netflix que lo han petado anteriormente como Las Chicas del Cable o La Casa de Papel, siendo esta última producida por Atresmedia pero distribuida a nivel internacional como original de la marca.

Personalmente, cuando decidí darle una oportunidad a Élite lo hice sin ninguna expectativa y con todos los prejuicios posibles. La única serie adolescente que realmente he disfrutado en mi vida es Skins, y esta aparentemente típica historia de asesinato y mentiras en un instituto no iba a ser diferente. Pero ver cómo todo el mundo se había enganchado de inmediato a ella me hizo sentir la necesidad de comprobar por mí mismo de qué se trataba el asunto.

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Todos los protagonistas, envueltos de una forma u otra en el asesinato como si de Por Trece Razones se tratase.

No voy a detenerme a explicar punto por punto los pros y contras de la serie ni a resumir su trama, paso directamente a contaros por qué pienso que Élite es buena, porque lo pienso.

Élite cuenta con el toque Netflix, esto es, conseguir que con una chapa de pintura un coche viejo mole como recién sacado de la fábrica, o al menos así lo veo yo. En este caso el coche viejo es Física o Química. Le doy un hurra a la serie por incluir a una protagonista musulmana, por no solo tratar heterosexualidad y homosexualidad sino también poliamor y bisexualidad, por tocar temas controvertidos como la lucha de clases y el VIH y por llevar la esencia teen al máximo nivel. Como diría la youtuber Ter, no le falta actitud performática a esta serie.

Hablando de poliamor, cierto es que ya se puede percibir una evolución y un mayor acogimiento de la diversidad sexual en series anteriores. Pero aún queda mucho territorio por explorar, y en Élite, el personaje de Polo es el que mejor lo representa.  Encontramos un triángulo amoroso genial en el que este joven, el novio de Carla, acaba obsesionándose con Christian, el chico nuevo que la pareja adopta con la intención de darle vidilla a su monótona relación. Polo no puede aguantar el doloroso rechazo de Christian hacia él, que solo acepta el trío para poder acostarse con Carla. Polo no se aclara, tal vez le gustan más los chicos que las chicas, pero de ser así, ¿qué más da?; como dice Carla, las etiquetas para la ropa.

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Para mi gusto, los dos mejores personajes de la serie. Lucrecia y Nadia.

Un acierto total en el casting, contando con la mexicana Danna Paola que coge el testigo de Brenda Asniscar en Patito Feo como la diva del instituto. Paola ejecuta el machacado arquetipo de la chica más popular y creída a la perfección, con un carácter afilado e implacable. Su personaje, Lu, suelta perlas por la boca que te dejan en el suelo al escucharlas, sobretodo hacia Nadia. Se mete con ella en numerosas ocasiones riéndose de su religión y aprovechándose de la prohibición de llevar el pañuelo en el colegio para hacerle sentir inferior. La tiene enfilada por ser la única capaz de destronarla como la primera de la clase y su intento de acabar con ella manipulando al profesor traerá consecuencias (¿spoiler?).

Por otro lado, Nadia, interpretada por la bellísima Mina El Hammani, nos trae un retrato desgarrador del choque cultural entre la tradición musulmana y el desenfreno de los jóvenes occidentales. El carácter frío, distante y rígido de su padre se lleva con peligrosidad a lo largo de la serie, hay un alto riesgo de demonizar y tipificar a los padres musulmanes. Pero al menos se habla de este conflicto de vital importancia sobretodo en nuestro país; en nuestros colegios hay alumnos procedentes de una gran diversidad de etnias y culturas, y la dificultad que muchas veces puede presentarse al conciliar vida social y familiar es un problema real que merecía ser llevado al foco.

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Dos mundos enfrentados, estas dos actrices son el corazón de la serie.

Pero no voy a despedirme sin hablar de al menos algo malo. Tras acabar de ver esta serie ideal para el formato maratón en apenas dos días, no pude evitar pensar en si tal vez todo el rollo ricos contra pobres no se les había ido un poco de las manos.

Puede que estuvieran usando un desproporcionado e infundado odio hacia los ricos que los hacía caer en el cliché. Pero justo después de hacerme esta pregunta, recordé que yo mismo había estudiado durante un año en un colegio privado allá por el 2013. Me di cuenta entonces de que un ambiente como el que se presenta en este prestigioso colegio ficticio de Madrid puede ser perfectamente válido. Si bien estaría llevado a la máxima potencia, no dista mucho de lo que yo viví en mis propias carnes en aquel privado donde hice cuarto de la ESO. Me resultó familiar esa fachada de exclusividad y alardes de superioridad que pretenden separar a los que no tienen futuro de los que sí tienen, como si tales grupos existieran, de la forma más mezquina y narcisista posible por parte de una entidad a la que solo le interesa el dinero.

Además, la primera impresión exagerada que se nos da de los pijitos de este colegio va poco a poco cambiando del negro al gris al conocer más a los personajes, que encuentran su profundidad en los complicados lazos familiares tras ellos. Es el caso de Guzman, cuando le dan una causa noble a su estúpido comportamiento (la preocupación honesta que siente por su hermana), o el caso de Lucrecia, cuando entendemos que su necesidad de soltar veneno cada vez que habla no es más que el resultado de un grave problema de autoestima.

Tenemos a personajes haciendo lo posible por pasar de un bando a otro, como puede ser Carla desechando cualquier prejuicio al incluir a Christian en su vida o Marina al despreciar continuamente al corrupto de su padre. Pero por otro lado está Nadia, luchando por ser la mejor de la clase y por poder quedarse en un instituto que odia pero que al menos le puede abrir las puertas del trabajo que merece, o Christian, que nos da un final de serie estupendo debatiéndose entre seguir su moral o entrar en el juego y apostar por un futuro mejor.

Por lo tanto, en mi opinión la lucha de clases es el apartado más discutible de la propuesta, que se salva sobretodo por las relaciones familiares de los alumnos ricos y por las traiciones entre clases. Y es que las familias con núcleos tan podridos como las que se nos presentan aquí existen. Padres que solo se preocupan de mantener intacta la falsa perfecta imagen de la familia proyectada al exterior y que rechazan por completo la posibilidad de dar a sus hijos un mínimo de libertad para que decidan por ellos mismos qué está bien y qué está mal. Una familia rica no se convierte en apestada solo por tener dinero, sino porque a menudo, a este dinero le acompaña la horrible necesidad de protegerlo sin interferencias morales, la necesidad de ser parte de la élite a toda costa.

Y vosotros, ¿qué opináis?

Reseña de Call Me By Your Name

Como si te retaran a desearles.

La cinta de Luca Guadagnino nominada a tres Globos de Oro y tres Oscars, es un must no solo para la comunidad LGTB, sino para cualquiera que aprecie la intelectualidad, el romance sin color rosa y el acento italiano.

El actor que interpreta a nuestro protagonista de 17 años, Elio, es Timothée Chalamet, un joven de 22 años que este año le ha pegado un buen bocado a Hollywood apareciendo en, además de esta, la también nominada a los Oscars Lady Bird, de la que hablamos ayer.

Call Me By Your Name no es una película gay, ni una película sobre gays. Es una película sobre la sensualidad. Una sensualidad y una belleza universal, que toda persona debería ser capaz de apreciar, tal y como los amantes del arte admiran estatuas griegas como las que aparecen a lo largo de la cinta y le aportan un aesthetic culto y refinado.

Elio, hijo de una familia políglota que habla en francés, italiano e inglés casi aleatoriamente según el momento, se enamora de Oliver, un estudiante de postgrado que pasa el verano en su casa para ayudar al padre de Elio en una investigación. El precioso escenario veraniego de campos verdes y riachuelos, el irresistible acento de los protagonistas, el carácter efusivo y cariñoso que tiene la familia entre sí y con su invitado (no sé si será un tópico o si es cierto que los italianos son así), la riqueza cultural que habita la casa (el padre de Elio es un erudito rodeado de libros, su hijo toca el piano, transcribe música…) son todos ellos elementos sensuales, placenteros, que unidos al buen ver de los dos enamorados, nos pegan a la pantalla y nos hacen sentir lo mismo que cuando comemos chocolate o nos besamos con quien nos gusta. Imagino que ver la película es como beber un buen vino para los que saben diferenciar el buen vino, y digo imagino porque yo aun no bebo de eso.

Para empezar, ninguno de los dos es realmente gay, o no se especifica. Elio mantiene una relación con una chica casi todo el metraje (y disfruta con ella), y llegando al final conocemos que Oliver va a casarse (suponemos que con una mujer). Con lo cual, lo que ocurre entre los dos en ese verano de 1983 es experimentación, exploración, un estudio, como el que está llevando a cabo el padre de Elio sobre esas esculturas griegas, que en sus propias palabras, te incitan a mirarlas. El adolescente se deja llevar y en cuanto se sincera con Oliver, no tiene ningún miedo a exigirle atención, sin ninguna timidez, tan solo preocupándose de no ser pillado in fraganti por alguien, y en ocasiones ni siquiera le importa tanto mantener la discreción.

Tal vez por ser más joven, o por entregarle todo de sí mismo a Oliver, Elio acaba sufriendo muchísimo cuando el veinteañero tiene que irse, suponemos que más que él, que sigue con su vida. Posiblemente ambos pasaran por lo mismo, pero se nos queda la idea de que el que acaba con el corazón roto es Elio porque a Oliver le dejamos de ver en pantalla después de irse. La compleja relación que se forma entre ellos la entendemos cuando Elio se sincera al lado de su padre: creo que él era mejor que yo. Es una mezcla de admiración, idolatría, confianza… Pero Oliver tampoco se olvida de Elio, lo podemos ver, o mejor dicho escuchar cuando tiempo después Oliver llama a la familia para darles la noticia de que está comprometido. Elio vuelve a hacer el juego de llamarle por su nombre, y Oliver le corresponde, diciéndole que sigue recordando hasta el más mínimo detalle de lo que vivieron juntos.

Los actores se pasan la mayoría del tiempo en shorts, sin camiseta, lo que puede agradar al espectador dado el buen físico de Timothée Chalamet y Armie Hammer. Pero el punto está en que mientras se pasean por el caserío semi desnudos, Oliver le comenta a Elio detalles filosóficos sobre un libro que está leyendo, o Elio toca la guitarra… Quiero decir, no solo los protagonistas nos gustan y se gustan entre ellos porque son guapos sino porque tienen profundidad, cosas que decir (aunque tampoco intercambien demasiadas palabras). Por eso hay belleza física y mental.

Para terminar, debo tratar la charla que tienen Elio y su padre ya terminando la película. Resulta que, de alguna manera, su padre ha descubierto o intuido que la relación que se formó entre ellos y que fue algo distante al principio, acabó siendo algo mas que una simple amistad. Elio no le contradice cuando su padre da por hecho que han mantenido una relación, y él nos regala uno de las mejores discursos de aceptación y respeto que a un padre se le podría ocurrir para demostrarle a un hijo su apoyo. No solo deja claro que respeta lo que ha ocurrido entre su ayudante y su hijo, sino que le confiesa sentir admiración por la valentía que conlleva haber entrado en ese terreno desconocido. Que envidia el premio que se ha llevado Elio, una grata experiencia, que solo puede aportarle conocimiento y placer, que no tiene nada de malo. Con suma delicadeza, le pide a su hijo no cerrarse al amor solo porque esta intensa experiencia haya podido dejar estragos en él.

La escena final, un plano fijo que dura lo que tardan los créditos finales en cruzar la pantalla, te ata y no te permite mover la mirada de las lágrimas de Elio. Con una banda sonora perfecta, termina una película perfecta.